A Mesma Praça
Sou do chão negro asfalto da avenida São João.
Sob o escuro manto fumaça a sombra do Minhocão.
Sob o céu cinzento de São Paulo insano e mau.
Brasileiro cuspido dos canhões da Hungria cigano e bárbaro
Bastardo dos portugueses mouro feroz e bárbaro
Desorientado dos beijos de língua e lugares embaralhados
Que quando se beija não se ouve palavra
Da rua Apa quando desaba a Barra Funda dos prostíbulos
De toneladas de poeira e fuligem sobre a poesia
Judeu de disfarce católico ateu crente no candomblé
De todas as fugas e enfrentamentos continuo de pé
Aqui nesta esquina não se ouve nem pensamento
Entre as paradas militares nos meus dez anos de idade
A bola no alto da estátua da Marechal Deodoro
De quando meninos se encontravam na rua
E todo menino era menino de rua
E todo homem acreditava estar com um pé na lua
A minha nação gigante abandonada no berço
Com braços e pernas formigando sobre o próprio peso
Eu mesmo petrificado diante de tais edifícios
De volta a esta praça pra dar sombras aos mendigos
Dessa cidade que me deu nome e não me dá ouvidos.
En la Misma Plaza
Soy del suelo negro asfalto de la avenida São João.
Bajo el oscuro manto de humo, la sombra del Minhocão.
Bajo el cielo gris de São Paulo insano y malvado.
Brasileño escupido de los cañones de Hungría, gitano y bárbaro.
Bastardo de los portugueses, moro feroz y bárbaro.
Desorientado por los besos de lengua y lugares confusos.
Que cuando se besa, no se escucha palabra.
Desde la calle Apa cuando se derrumba la Barra Funda de los prostíbulos.
De toneladas de polvo y hollín sobre la poesía.
Judio disfrazado, católico ateo creyente en el candomblé.
De todas las huidas y enfrentamientos, sigo de pie.
Aquí en esta esquina, no se escucha ni un pensamiento.
Entre los desfiles militares en mis diez años de edad.
La pelota en lo alto de la estatua del Mariscal Deodoro.
Cuando los niños se encontraban en la calle.
Y todo niño era niño de la calle.
Y todo hombre creía estar con un pie en la luna.
Mi nación gigante abandonada en la cuna.
Con brazos y piernas hormigueando bajo su propio peso.
Yo mismo petrificado ante tales edificios.
De vuelta a esta plaza para dar sombra a los mendigos.
De esta ciudad que me dio nombre y no me da oídos.