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Momo

Augusto Blanca

Momo

Mientras tanto los vestidos
de damasco y terciopelo
de la princesa Momo
en jirones desteñidos,
en estrazas descosidos,
el mundo los transformó.

Ahora la princesa Momo
viste para resguardarse
de un raído chaquetón,
sucio y demasiado grande,
y una falda con remiendos,
deshilada y sin botón.

Vive entre añejadas ruinas
de un antiguo anfiteatro
fuera de la gran ciudad,
en penuria y soledad.

Girolamo un buen día
convertido en pobre diablo,
harapiento de vagar,
llegó al viejo anfiteatro
donde Momo había resuelto
su camino terminar.
"¡Hola!".
Pero fueron incapaces
de reconocerse:
el polvo no lo dejó.

Sobre la ciudad la noche se aposenta,
y vuelve a rutilar el espejo de nácar,
vacía majestad acaricia las gradas
donde solos están las siluetas raídas
de Momo y Girolamo.

Triste de Girolamo, convertido en Gigi,
saca del bolsillo la imagen desgastada
que guardó celoso a través de parajes
en busca de aquella adorable princesa
que ofreció su rostro a la Luna plateada.

La evidencia echó a volar y se reconoció
y lo reconoció:
era él a quien buscó,
lo acaba de encontrar,
su sueño estaba allí.
"¡Gigi, soy yo!, ¡Gigi!"
Nunca más sería infeliz,
el viaje terminó,
la ausencia se esfumó.
Y, resuelta, desató de Gigi
el corazón
y su amor despertó.

Entonces vio a plena luz
el rostro aquel
que en soledad tanto buscó
sin encontrar,
y lágrimas de plata azul
brotaban de alegría
en infinita lluvia de estrellas.

Y fue feliz, estaba allí su realidad,
el corazón agigantó su palpitar
de manantial, de cascabel;
y comprendió que estuvo ciego,
que había encontrado al fin
el verdadero amor.

Gigi y Momo estaban sentados en los escalones de piedra de aquel antiguo anfiteatro. La Luna se perfilaba, redonda y plateada, sobre la gran silueta de la yagruma. Y ambos al mirarse, comprendieron que eran inmortales.

Momo

Enquanto isso, os vestidos
de damasco e veludo
da princesa Momo
em farrapos desbotados,
em trapos descosidos,
o mundo os transformou.

Agora a princesa Momo
se veste pra se proteger
de um casaco surrado,
sujo e muito grande,
e uma saia remendada,
desfiada e sem botão.

Vive entre ruínas antigas
de um velho anfiteatro
fora da grande cidade,
em penúria e solidão.

Girolamo, um bom dia,
transformado em pobre diabo,
trapaceiro de vagar,
chegou ao velho anfiteatro
donde Momo decidiu
terminar seu caminho.
"Oi!".
Mas foram incapazes
de se reconhecer:
o pó não deixou.

Sobre a cidade a noite se instala,
e o espelho de madrepérola brilha de novo,
a majestade vazia acaricia as arquibancadas
donde estão sozinhas as silhuetas desgastadas
de Momo e Girolamo.

Triste Girolamo, transformado em Gigi,
saca do bolso a imagem desgastada
que guardou com zelo através de caminhos
em busca daquela adorável princesa
que ofereceu seu rosto à Lua prateada.

A evidência voou e se reconheceu
e o reconheceu:
era ele quem buscou,
acabou de encontrar,
seu sonho estava ali.
"Gigi, sou eu!, Gigi!"
Nunca mais seria infeliz,
o viagem terminou,
a ausência se esvaiu.
E, decidida, desatou de Gigi
o coração
e seu amor despertou.

Então viu à luz plena
o rosto aquele
que em solidão tanto buscou
sem encontrar,
e lágrimas de prata azul
brotavam de alegria
em infinita chuva de estrelas.

E foi feliz, estava ali sua realidade,
o coração aumentou seu pulsar
de manancial, de sininho;
e compreendeu que esteve cego,
que havia encontrado enfim
o verdadeiro amor.

Gigi e Momo estavam sentados nos degraus de pedra daquele antigo anfiteatro. A Lua se perfilava, redonda e prateada, sobre a grande silhueta da yagruma. E ambos, ao se olharem, compreenderam que eram imortais.

Composição: