Hace tiempo...
y hace mucho,
en las afueras de una aldea
me hallé a un músico errabundo
que se daba a la tarea
de embarcar al que le oyera
con las mentiras más necias que escuché
de peripecias que suceden en el mundo.
El truhán había aparecido
todo de verde vestido,
como se trajean los grillos,
a más que llegó brincando
y bajó el camino
cantando el aire de un estribillo.
Se quitó su gorro viejo
y haciendo una caravana,
dijo inmodesto el tipejo
lo que más le vino en gana.
O sea que era y se decía
el Conde Bruno del Breñal,
quién aparecía a nosotros
en su forma original.
Y entre muchas otras farsas
y afirmaciones confusas,
dijo ser hábil artista,
que dejó su noble cuna
por ilustrar al imbécil...
por enselar al jumento.
Que ignoró fama y placeres
por llevar a donde fuere
la luz del conocimiento.
-De ignorancia nadie muere -dijo-,
pero el saber da un talento
más útil que la belleza.
-Así es - grité-,
en la cabeza te faltan
los dos ejemplos.
A lo que me concedió:
-¡Verdad es! Lo sé de fuentes
más nobles y más altivas.
La sabiduría es un don...
pero no del que la sabe,
sino del que la cultiva
-dijo y se avivó de pronto--
-Esto me recuerda un cuento
que les cuento porque es corto
-mintió el redomado loco
y empezó con aire grave-:
para todo aquel que sabe,
como si esto fuera poco...

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