Cuando llueve me dan no sé qué las estatuas.
Nunca pueden salir en pareja con paraguas,
y se quedan como en penitencia, solitarias.

Señalando la fatalidad en las plazas,
miran serias pasar cochecitos y mucamas.
No se ríen porque no tuvieron nunca infancia.

Marionetas grandes, quietas, con ellas no juega nadie.
Pero si una sombra mala para siempre las borrase,
qué dolor caería sobre Buenos Aires.

Cuando llueve y me voy a dormir las estatuas
velan pálidas hasta que llegue la mañana,
y del sueño de los pajaritos son guardianas.

Su memoria procuran decir sin palabras
y nos piden la poca limosna de mirarlas
cuando quieren contarnos un cuento de la Patria.

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